Por Gustavo Martínez Contreras

Uno de los lemas durante la Revolución Francesa era que ‘el poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente’ y hacía referencia a las monarquías absolutistas de la época que, en efecto, estaban totalmente putrefactas de corrupción, pues parece que en México la corrupción necesita su revolución.
Oiga usted, pongamos por caso un alcalde de ‘X’ región, que está haciendo un trabajo poco menos que mediocre, sin obras, sin mantenimiento de las redes básicas, sin fomento al empleo. Cualquiera diría que no tiene los conocimientos necesarios para gobernar y que en un rayo de honestidad diga que tira la toalla, pero no, y más, le quiere dejar el puesto a alguien menos capacitado: ¡su esposa!
De ese tamaño es la ambición de poder de algunos de nuestros políticos, que con el tacto de un hipopótamo nos quieren ver la cara de súbditos de alguna monarquía. Cuando solo escuchan a sus lacayos se producen éste tipo de casos ofensivos y me recuerdan el cuento del rey que salió a desfilar desnudo.
Si tuvieran la estatura política de la señora Clinton, otro gallo les cantaría, pero no llegan ni a Martita Sahagún, aquella que tuvo sueños guajiros de suceder a su torpe esposo: Vicente Fox y sólo le alcanzó para administrar la Fundación Fox.
Que la ambición no lo ciegue, por lo pronto vaya acomodándose para administrar el rancho, que en ésta elección la gente gritará un fuerte ¡ya basta!
De la monarquía francesa la guillotina se encargó de ponerle fin, de las monarquías mexicanas el voto hará rodar sus puestos. Nos vemos en la próxima entrega.
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