LOS BIENAVENTURADOS

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Dr. William Soto Santiago

San Lucas, capítulo 11, verso 27 al 28:

“Mientras él (Jesús) decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste.

Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan”.

Ese es el hombre o mujer bienaventurado que vive en esta Tierra.

Ahora vamos a ver por qué es bienaventurada la persona que oye y guarda la Palabra de Dios.

El Señor Jesucristo nos dice en el Evangelio según San Juan, capítulo 5 y verso 24:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida”.

Esto es para el que oye la Palabra del Señor; la Voz de Jesucristo, Su Mensaje correspondiente al tiempo en que la persona está viviendo. Esa persona pasa de muerte a vida.

La raza humana, cuando cayó en el Huerto del Edén…, la caída de Adán y Eva allá en el Huerto del Edén colocó al ser humano en muerte; porque “la paga del pecado es muerte1”. El ser humano estaba viviendo allí en el Huerto del Edén y no tenía límites sus días; pero cuando pecó, ya de ahí en adelante los días del ser humano en el cuerpo físico estarían contados.

La muerte entró a la raza humana por aquella pareja allá en el Huerto del Edén, Adán y Eva; y por eso es que el ser humano es mortal. Pero Dios no lo hizo mortal. Vino a ser mortal a causa del pecado, porque la paga del pecado es muerte.

Y el ser humano, luego de haber comido del árbol de ciencia del bien y del mal, luego no podía comer del Árbol de la Vida, el cual es Cristo, hasta que el Árbol de la Vida (Cristo, el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová, el Espíritu Santo) se hiciera carne, se hiciera hombre en medio de la raza humana; y entonces ahí estaba la oportunidad para el ser humano regresar a la vida eterna.

Por eso es que Jesucristo dice: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida”.

Ha pasado de muerte a vida eterna, por medio de oír la Palabra de Dios y creer; y así la persona entra al Programa de Dios.

Vean cómo también en el capítulo 6 de San Juan, verso 39 al 40, dice Jesús:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

¿A quiénes resucitará en el Día Postrero para vivir por toda la eternidad con cuerpos eternos? A los que han creído en Él al escuchar Su Palabra.

Y vean cómo dice Cristo en San Juan, capítulo 14, versos… Capítulo 10 primero, capítulo 10, verso 14 al 16, dice:

“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,

así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor”.

Y de etapa en etapa, de edad en edad, Cristo ha estado en Espíritu Santo manifestado a través de Sus mensajeros (que son los siete espíritus de Dios que recorren toda la Tierra), en donde el Espíritu de Dios ha estado manifestado en cada mensajero y ha estado llamando y juntando a Sus ovejas, que son Sus hijos de entre los gentiles, así como también entre los hebreos Él tiene hijos, tiene ovejas también.

Y ahora, ha estado —por estos dos mil años que han transcurrido— llamando y juntando a Sus ovejas de entre los gentiles; y todavía está llamando y juntando las ovejas que faltan del Redil de Cristo; y las está llamando con Su Voz, con Su Mensaje por medio de Sus mensajeros, de edad en edad; y juntándolas, reuniéndolas, ¿dónde? En Su Redil, que es Su Iglesia, donde Él coloca a Sus ovejas; donde Sus ovejas nacen, nacen de nuevo, al creer en Cristo como nuestro Salvador y lavar nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibir Su Espíritu Santo.

Y así es como se nace en el Reino de Dios y se obtiene así un cuerpo teofánico de la sexta dimensión; y si la persona luego muere en algún momento de su vida terrenal, va al Paraíso a vivir en ese cuerpo teofánico hasta que Cristo resucite a los muertos creyentes en Él ¿cuándo? En el Día Postrero, que es el séptimo milenio; los resucitará en cuerpos eternos, y a nosotros los que vivimos nos transformará; y entonces seremos todos iguales a nuestro amado Señor Jesucristo.

En el capítulo 10 de Romanos, verso 10… Vamos a ver aquí, leemos un poquito antes: capítulo 10, verso 6 en adelante, dice:

“Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo);

o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos).

Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos:

que, si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.

Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?

Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

Pero digo: ¿No han oído? Antes bien,

Por toda la tierra ha salido la voz de ellos,

Y hasta los fines de la tierra sus palabras”.

Ahora podemos ver que la fe es por el oír la Palabra de Dios y creer con toda nuestra alma, y confesarlo con nuestra boca recibiendo a Cristo como nuestro Salvador.

Y ahora, vamos al Salmo 1, en donde el salmista nos habla algo muy importante con relación al varón, al hombre, a la persona, al hombre bienaventurado, hombre o mujer:

“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará. No así los malos, Que son como el tamo que arrebata el viento. Por tanto, no se levantarán los malos en el juicio, Ni los pecadores en la congregación de los justos. Porque Jehová conoce el camino de los justos; Mas la senda de los malos perecerá”. Y ahora vean la bendición que hay para la persona que camina en la Ley de Dios.

Y ahora veamos lo que dice Romanos, capítulo 4, verso 8; ahí San Pablo hablando, veamos lo que nos dice: capítulo 4, verso 8, de Romanos; nos dice (vamos a ver):

 “… más al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo:

Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado”.

¿Y cómo puede ser que un hombre que vive en esta Tierra, el cual comete faltas y errores y peca en su vida terrenal, Dios no lo inculpa de pecado, no le inculpa pecado Sencillo: porque esa persona es la que oye la Palabra de Dios, cree en Jesucristo como su Salvador, lava sus pecados en la Sangre de Cristo y recibe Su Espíritu Santo; y por consiguiente sus pecados han sido quitados de él, porque la Sangre de Cristo nos limpia de todo pecado; y si sus pecados han sido quitados, pues Dios no ve pecados en él; fueron quitados y ya no están ahí.

Por lo tanto, están sin pecados delante de Dios y Dios no inculpa a la persona de pecado: ya no tiene pecado, fue justificada delante de Dios; y eso significa que la persona ha quedado como si nunca en su vida hubiese pecado.

Ese es el hombre bienaventurado “a quien el Señor no inculpa de pecado”, porque la Sangre de Cristo lo quitó. Fue lavado en la Sangre de Cristo la persona, fue limpio de todo pecado, ya no tiene pecado, y por eso Dios no lo inculpa de pecado. Está como si nunca en su vida hubiese pecado.

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