El Reglamento

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Urbanhistorias de Cuichapa

Gustavo Martínez Contreras

Cuichapa era un pueblo pintoresco, lleno de gente inquieta, muy trabajadora con afinidades artísticas y deportivas que lo mismo bailaban huapangos en la casa de don Paco, papá del “Pollo Loco”, que jugaban béisbol o softbol en la cancha del 18 de marzo o había corredores de fondo como Panchito Esteban o Andrés “La Polla”, es el Cuichapa del ayer.

En aquellos años cuando las carreteras se habían terminado de construir, cuando los camiones sustituían al kalamazo, eran los días de los taxistas más antiguos como don Alfonso Orozco Hernández, Cenobio Cruz Martínez, Félix Rodríguez “Míster Flichy”, Don Cayetano Pérez o el finado “Trozo”, todos ellos finados y don Arturo Rodríguez Hernández que aún vive, Cosme, Don Mario, “El Pochitoque”, en esos días se tejió esta historia, cuando después de una tragedia se estableció El Reglamento.

Sucede que para los que terminaban su turno en el Campo Arroyo Blanco de Pemex, se estableció una corrida que salía desde allá a las 7 de la mañana, eran camiones de redilas que atravesaban varias rancherías, en ocasiones, los campesinos aprovechaban el viaje para pedir ‘aventón’ y traer sus mercancías a Cuichapa para su venta.

Así se hizo costumbre que vinieran los trabajadores de Pemex y se trajeran a sus pasajeros rutinarios cargados de naranjas, huevos, gallinas, hojas para tamales y demás vendimia, pero había un detalle, los tenían que dejar por Cuichapa Viejo porque era una actividad que no se les permitían hacer los encargados de PEMEX.

Y lo tenían prohibido nomás de palabra hasta que aconteció la tragedia, pasó que un buen día venían como todos los días, el camión con su carga humana y de mercancías, el chofer, en un descuido, perdió el control de la unidad y terminó volcándose con saldo de un campesino muerto y varios trabajadores mallugados.

Como suele tratarse estos casos, se soltó una cantidad de dinero por el campesino muerto, se le echó tierra al asunto y todos felices y contentos, pero con la salvedad de que la prohibición a subir a particulares al transporte de personal de Pemex se hizo de manera oficial, mediante escrito firmado por el jefe, además que se hizo extensiva la prohibición a los trabajadores sin encargo o que estuvieran de descanso.

Todo en orden, los choferes cargaban con su oficio y la ruta seguía con toda normalidad, hasta que un día cuando el hambre y la necesidad se juntaron se armó la gorda, pasó que don Andrés Cruz Cruz (a) “El Obrero” venía saliendo de Arroyo Blanco y don Fidencio Rivera Rueda, jefe de personal, estaba en el entronque de Tlacuilolapan con su esposa y pensó que era buena idea esperar el transporte de personal que venía de Arroyo Blanco y así se ahorraba lo del taxi.

Pues don Andrés, efectivamente pasó por el entronque y se encontró con don Fidencio, quien le hizo una seña a “El Obrero” para detuviera la marcha del camión, cosa que sucedió.

-Oye, llévanos para Cuichapa. Ordenó el jefe de personal y se disponía a subir al camión.

Don Andrés casi sin prestarle atención al jefe se arrancó dejando con un pie en el aire a don Fidencio, quien no tuvo más remedio que cargar sus maletas y su coraje y tomar un taxi para llegar a su destino en compañía de su señora esposa, al llegar a Cuichapa, ni tardo ni perezoso se fue a las oficinas a encarar a don Andrés y descargando toda su furia le dijo:

-¿Por qué no me llevaste, majadero? Soltó el jefe a quemarropa.

-Señor, es El Reglamento, tenemos prohibido subir personas que no estén en servicio. Contestó don Andrés mostrando el oficio donde constaba la prohibición.

-Pues te presentas mañana a personal para ver qué hacemos contigo. Quiso amedrentar el jefe.

-Pues no se va a poder, porque mañana es mi día de descanso. Contestó “El Obrero”.

-Pues que sea pasado mañana. Contestó un enfurecido don Fidencio.

Y se llegó el día, en punto de las siete de la mañana estaba Cruz en personal, pero no fue recibido, pasado el mediodía, con un propio, le avisaron que ya se podía retirar pero que al día siguiente se presentara nuevamente a la misma hora. Llegó el día siguiente y lo mismo, que se presentara al día siguiente, el tercer día llegó y sin ser recibido le dieron su hoja para que se presentara en su lugar de trabajo.

Cuando llegó el día de pago, don Andrés estaba algo triste de que le iban a descontar tres días que no trabajó por estar a disposición de personal, pero cual va siendo su sorpresa que su salario estaba completo. Finalmente don Andrés se jubiló, tardó más de treinta años de jubilado y hace como diez años ya descansa en paz quien hizo cumplir El Reglamento en toda la extensión de la palabra.

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