En mariscos el chato de la calle revolución, ¡¡¡reunión de amigos, sabor y tradición!!!

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Las Choapas De Mis Ayeres…

Por Alfredo Bandala

Si algún choapense dijera: vamos a comer ostiones en su concha con el sr. Macario, muy pocos supieran que se trata del popular Chato, quien desde hace más de 50 años puso la cocktelería más famosa del barrio Campo Nuevo. En la calle Revolución, Justo frente al mercadito.

El sr. Macario Vidal Ramírez nace en Jáltipan, Ver. un martes 10 de Marzo de 1936 y fallece en nuestra ciudad un domingo 19 de Enero del año 2014, a la edad de 78 años.

Corría el año de 1956 cuando un joven de escasos 20 años de edad, a invitación de unos tíos llega a Las Choapas en busca de una mejor vida ya que se escuchaba que en esta zona petrolera ya había mucho movimiento de trabajo. Dejó su natal Jáltipan donde se dedicaba a las labores del campo y llegó ayudando a sus tíos quienes vendían frutas, aguas frescas y la famosa horchata de arroz que molían a mano.

  Un día, uno de sus clientes, al estar saboreando esa rica bebida y de soportar el calor de más de 40 grados centígrados le dijo en son de broma “chato, que bien caería unas chelitas con unos mariscos con este calorón”, idea que a la semana siguiente nuestro amigo aterrizó y desde 1960 montó su cocktelería.

Vidal Ramírez, se movió, consiguió un préstamo y se fue a Sánchez Magallanes, a la barra de Santana a contactar a proveedores de mariscos y fue así como durante muchos años, semana tras semana, llegaba una camioneta cargada de camarón, jaiba y pulpo. El ostión en su concha que fue el atractivo principal de este negocio, se lo surtía por aparte un viejito llamado Jacinto quien también iba desde la barra de Santana.

No era muy variado el menú que vendía el chato, pero era lo necesario para captar un gran porcentaje de clientes quienes se deleitaban principalmente con ostiones en su concha, los cocteles de camarón, jaiba y pulpo.  Para tomar, la bebida preferida era la tradicional horchata de arroz y las cervezas bien frías, además de los refrescos embotellados.

El sr. Macario tuvo como esposa a la Sra. Emilia Santos Aguirre y procrearon 6 hijos. Ana María, Raúl, Sandra, Yolanda, Jorge y Janet. Al faltar el chato, es su hija Yolanda quien se hizo cargo de la cocktelería con la misma atención y sazón de su padre.

El Chato siempre dijo que lo más importante de un negocio es que los clientes regresen y es por ello que trató de tener precios accesibles, calidad y cantidad en sus cocteles así que cuando los proveedores de Santana le quisieron incrementar los precios, tuvo que ir a Coatzacoalcos a comprar.

Quienes tuvimos la suerte de tratar con este hombre, siempre atendía con amabilidad, recuerdo perfectamente el estilo único para abrir las conchas de los ostiones, con una calma que hacía que te los saborearas más, iba yo por la mitad de la orden y le decía que me empezara a preparar la otra media docena para que alcanzara a servírmela cuando me terminara la primera.

No había petrolero que faltara con el chato los días de catorcena. Personalidades de la política, del magisterio, de Pemex desfilaban por ese local. Cuántas veces veíamos a Onésimo Escobar Gómez con su séquito de acompañantes, al Cliper Miguel Becerril, a Gilberto Contreras “el cordobés”, a Nachón, Miguel Figueroa, chilo puñales; el flaco Márquez, hermano de Sixto, a Don Fernando Guzmán Esteva, al Chato Prados, a la coneja de Los Santos, a la rubia, a Macario Morales, al sr. Enrique Ramos Vera (el sambo) y su hermano Chero Nayo, Ing. Valverde, Javier Cadena sentaditos en esas bancas de madera degustar lo que el chato vendía. Los días de mayor venta eran los miércoles y domingo y durante el año, eran semana santa y fin de año.

Era muy común que muchos jóvenes, en sábado o domingo, después de disputar sus partidos de fútbol en el Olmeca o campo anexo, se fueran a festejar el triunfo con el chato. Pero sin falta, los jovencitos de la época, vecinos del chato, nunca dejaban de visitarlo ya que ese era el punto de reunión para pasar un buen rato de convivencia. Recordamos ahí a Alejando Olán Ramos (la beba), Eduardo Ramos Cházaro (el buchacón), Héctor Abel Alfonsín (hermano de Yiya), Ciro Reyes (el pochitoque), a Yeyo, a Ciro el negro, Artemio el paletero, Lalo parque, Pancho, el hijo de chico Borracho, Juan y Amado Guin, Zenón, Caeco, quien a pesar de vivir en el barrio candela, tenía su carnicería dentro del mercadito y se agregaba a la flota para tomarse unas frías y disfrutar del agradable momento con los chistes y bombas que nunca faltaban.

Un día llegó Demetrio Campos, ya estaba a punto de anochecer, quiso vacilar al chato y le pidió un choco milk, se había ido la luz y le contestó que “no había luz” a lo que el cliente le dijo, “no hay problema chato, dámelo y me lo tomo en lo obscurito”. Ese era el nivel de confianza y cariño que había entre el chato y sus clientes.

Sus eternos amigos lo fueron Don Abel Zapién, el Yuca Genaro quien vendía los deliciosos tacos de cochinita pibil en el mercadito, Don Roberto Pestaña, el Sr, Dorantes Bastos, y Elpidio Palacios, quien tejía atarrayas y paños para pescar.

El chato, con su excelente carácter y destacada atención, se ganó el cariño de sus clientes y parecía político en campaña cuando estaba en su negocio pues, brazos le faltaban para saludar a tanta gente que desde sus carros o la banqueta de enfrente al ir caminando le gritaban “chatooooo”. Nunca tuvo necesidad de poner una promoción para atraer clientes a su negocio, el éxito era su personalidad, su sencillez, gran humildad acompañado de la calidad y precios accesibles de sus productos.

El chato, un día decidió vender en su local las típicas planillas que se llenaban con figuritas, muchos niños estaban a una de llenarla y llegaban acompañados de sus papás para pedirle que les “vendiera, en lo que fuera ($) “la estampita que les hacía falta a lo que nuestro amigo chato, jamás se prestó. Les decía que la suerte es la suerte y que no se desesperaran que estaban a punto de que les “saliera”. Zurcos hacían los niños que durante todo el día iban y venían a sus casas para comprar las estampitas con la ilusión de que “les saliera la buena”.

Esos niños crecieron, se casaron y algunos se fueron de Las Choapas, cada que regresaban a su terruño, iban a saborear los deliciosos ostiones en su concha y siempre le agradecían esa lección de vida, de no hacer trampa.

Esta es la historia de vida de nuestro amigo el chato, a quien le hacemos un reconocimiento público por esa gran labor con toda su clientela por el barrio de Campo Nuevo.

RESPETUOSAMENTE

JOSÉ ALFREDO BANDALA ALMEIDA

Agradezco a su hija Yoli y Eduardo Ramos Cházaro por la información proporcionada para la realización de la presente publicación.

HAGÁMOS QUE MÁS CHOAPENSES CONOZCAN UNA PARTE DE LA HISTORIA DE NUESTRA CIUDAD AL COMPARTIR LA PRESENTE PUBLICACIÓN!!!

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